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«Mamá, que ése dice que mi novela no vale para nada»

Como escritores, ¿estamos preparados para las críticas negativas?

Hace unos meses, un lector dejó un comentario muy poco edificante en Goodreads sobre mi novela El viaje de Pau. La calificaba de “aborto” y afirmaba que lo más profundo del libro son los ladridos del perro. No voy a decir que tales “piropos” hacia mi primera obra, a la que tengo un cariño infinito, me resbalaran, pero la verdad es que tampoco me ofendieron.

El viaje de PauLe respondí que le agradecía el tiempo dedicado a la novela y que lamentaba la mala experiencia. Y entonces él se extendió un poco más en la crítica: «Me cansa que se utilice la Guerra Civil Española como excusa para escribir cualquier tontería. El libro está plagado de lugares comunes desde la primera página y teniendo que quedarme con algo, me quedo con el “guau, guau” del perro».

A estas alturas ya habréis deducido que, efectivamente, uno de los personajes es un perro, y la verdad es que tiene un papel bastante destacado.

A los pocos meses de (auto) publicarla, allá por el año 2013, empeñado como estaba —víctima de mi infinita inocencia y de mi ciego entusiasmo— en convertirla en best-seller, me ofrecí como conejillo de indias en un curioso experimento, bautizado como “apedrea a un escritor” por Aureli, librero adelantado a su tiempo. Tuvo la brillante idea de abrir en Barcelona una librería sólo para autores indies y editoriales pequeñas. La llamó Espai literari. Lamentablemente no llegó al año de vida, aunque la marca sobrevive como editorial independiente.

El caso es que me presté a ser “apedreado”. Varios lectores se sentaron frente a mí y despellejaron sin piedad el producto de varios años de trabajo, la fuente de mis ilusiones, el tesoro por descubrir para miles de amantes de los libros que, aún no lo sabían, pero pronto amarían El viaje de Pau con locura.

El encuentro fue muy constructivo, una prueba a la que, sin duda, debería someterse todo escritor, por muy mal que llevemos eso de que critiquen nuestras obras maestras. Más allá de cuestionar personajes, tramas y puntos de vista, la crítica que (seamos sinceros) más me molestó fue la de otro escritor (o aspirante a serlo), que, resumiendo, me echó en cara que hubiera publicado el libro. «¿Qué necesidad había? No aporta nada», me vino a decir. Y confieso que en aquel momento me quedé sin argumentos.

A lo largo de estos cuatro años he recibido otras críticas negativas, pero (afortunadamente) muchas más positivas. Quienes escribimos necesitamos que nos mimen; que un lector nos haga saber cuánto ha disfrutado con nuestro trabajo es un empujón para seguir adelante. Sin embargo, no hay que perder la perspectiva: puede que recibamos montones de elogios, pero también es muy posible que el número de lectores decepcionados y de los que no encontrarán nada digno de recordar en nuestros textos, sea similar. Lo que pasa es que es menos habitual que alguien te escriba para decirte que tu libro es una porquería.

«No tenemos cultura de aceptación de la crítica. Cuando alguien se atreve a manifestar su opinión con sinceridad, si no es positiva nos la tomamos como un ataque personal. Mucho afirmar que cuando publicamos una obra ésta deja de pertenecernos y, por tanto, pasa a ser propiedad de cada lector, pero a la hora de la verdad la defendemos como si fuera nuestra hija adorada. Que alguien se atreva a meterse con nuestros hijos, por muy demonios que sean. Ya verá, ya.».

De menosprecios como el del ofendido lector de Goodreads poco se puede sacar, la verdad, pero las críticas negativas bien argumentadas son una fuente de aprendizaje a tener en cuenta por cualquiera que pretenda mejorar en su escritura. Así que deberíamos relajarnos un poco ante quienes a la pregunta «¿te ha gustado?» responden algo parecido a «no mucho». Si somos inteligentes, en vez de correr un tupido velo y pasar a charlar sobre el tiempo, indagaremos en qué ha fallado para que esa persona no vaya por la calle abrazada a un ejemplar de nuestra obra maestra. Vale, igual me he pasado un poco con lo de llevarla por la calle.

Sobre todo cuando uno es su propio editor, hay que ajustar el termostato de la vanidad en la parte más baja. Es bueno (al menos yo lo creo) estar seguro de lo que uno hace, sobre todo si respetan unos estándares mínimos de calidad formal, y defenderlo con solidez, pero hay que ser muy tolerante con las opiniones ajenas. No nos hacemos ningún favor si recibimos de forma hostil las críticas negativas. Es muy penoso encontrarse con escritores que, lejos de admitirlas, atacan a quienes las emiten. «No ha entendido de qué va; eso lo dice por envidia; la sociedad no está preparada para mi arte…» Añadan el contraargumento que gusten.

Supongo que con el tiempo uno va destensando y aprende a relativizar. Y cuanto más seguro está de su trabajo (con argumentos objetivos, que menudo papelón el de esos aspirantes a Ken Follett que no dudan en calificar sus propias creaciones como “la novela del siglo”), menos le afectan los comentarios destructivos y es capaz de afinar la puntería para pescar de entre los que, siendo negativos, contienen alguna sustancia de la que sacar provecho.

Al final, creo, todo se resume en un concepto que no siempre se tiene en cuenta: respeto. Por la escritura, por los lectores y por nosotros mismos.

Benjamín Recacha

Blog del autor: benjaminrecacha.com

1 responses on "«Mamá, que ése dice que mi novela no vale para nada»"

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