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Utilidad de los «certámenes literarios», eterno debate

El escritor Carlos Fernández Salinas responde en su artículo a preguntas tan controvertidas como ¿sirven para dar visibilidad a los autores? ¿Son de «fiar»?

Hablar sobre la utilidad de los certámenes literarios es entrar de lleno en una clara controversia entre escritores, periodistas… Cada uno proclama su visión personal, y por tanto subjetiva, sobre el tema.

Lo que no cabe duda es que están ahí, son cientos, y siguen siendo una vía, una puerta para salir de la invisibilidad. Por eso queremos agradecer la colaboración del escritor Carlos Fernández Salinas, quien nos ha enviado un artículo con su opinión personal sobre este tema.

¿Por qué se lo hemos pedido a él? Porque su experiencia, dada la cuantía de certámenes ganados en relato (y novela), le confiere como voz autorizada en este tema.

A continuación reproducimos íntegramente su artículo:

 

MI OPINIÓN PERSONAL E INTRASFERIBLE SOBRE LOS CERTÁMENES LITERARIOS

Carlos Fernández Salinas

 

«La opinión es algo intermedio entre la ciencia y la ignorancia». Platón

 

Me piden que escriba unas palabras sobre mi experiencia como concursante en certámenes literarios, algo que en circunstancias normales no haría aun me pagaran con doblones de oro, pero dado que quien me lo pide es una persona a la que en justicia no le puedo negar nada, me lanzo al vacío sobre una cuestión que levanta no pocas controversias entre escritores y aspirantes a escritores, que a efectos prácticos viene a ser lo mismo.

La primera y única regla que rige en este escrito es que con él no pretendo convencer a nadie, bastante tengo con lo mío como para andar ejerciendo de visionario; estas líneas tan solo son una reflexión por si le puede servir al lector acerca de lo que debe tener en cuenta a la hora de presentarse a uno de los numerosos certámenes literarios que, por fortuna, se convocan en este país; forma activa de apostar por  la cultura con mayúsculas en contraste con el panorama desolador que, un día sí y otro también, nos muestran las parrillas de las cadenas de televisión, tanto públicas como privadas.

Lo primero que he de matizar es que mi experiencia se centra fundamentalmente en los certámenes de relato. Por lo que escucho a mis colegas poetas, los juegos florales se rigen por principios distintos, que no he tenido la ocasión de constatar de primera mano. Por otra parte, mi participación en certámenes de novela, aunque enormemente gratificante, ha sido mínima. Dicho lo cual he de manifestar que los certámenes de relato que periódicamente patrocinan ayuntamientos, diputaciones y fundaciones son en mi opinión absolutamente limpios. Esto es posible a la entrega desinteresada de los miembros del jurado, que se ven obligados a leer un buen número de trabajos (algunos auténticos ladrillos, tal vez los míos) con la única compensación de una invitación a la gala de entrega de premios. Tan solo una vez, en mis más de diez años de trajín, me he sentido estafado, y no lo digo porque como se imaginarán hubiese perdido (fui finalista, y además de un dinero por tal condición, obtuve un viaje más que digno a gastos pagos), sino porque quien se alzó con el galardón, lo hizo con un trabajo totalmente ajeno a las bases, que exigían una temática concreta que el ganador eludió. Quién sabe, a lo mejor fue por eso por lo que le dieron el sustancioso premio. En cualquier caso, insisto, los certámenes en los que yo participé (y que perdí en su inmensa mayoría) son limpios y gana quien así lo considera el jurado.

Harina de otro costal es que nos guste su veredicto, porque una cosa que debe tener bien clara el concursante es que un jurado no es el oráculo de Delfos (el cual tengo entendido erraba más que una escopeta de feria) ni tiene a su disposición una fórmula magistral que introduciendo las características de la obra obtenga una calificación a la que no se le puede poner un solo pero. Antes al contrario, cada jurado tiene su criterio, y este puede ser diametralmente distinto del de otro jurado ubicado a menos de treinta kilómetros (hablo por experiencia propia), o no, ser totalmente coincidente, y premiar la voz, la técnica, el dominio del lenguaje, el planteamiento y resolución del conflicto, o simplemente decantarse por una mera ñoñería que hace saltar las lágrimas, a unos de emoción, a otros de vergüenza, y a la mayoría por pura y llana envidia.

​Porque los escritores tenemos dos varas bien distintas de medir, una que define nuestro trabajo y otra para el de los demás. Por tanto, cuando un jurado alza su dedo y nos elige a nosotros, es de justicia que se pare el mundo para vernos desfilar aclamados por un grupo de vírgenes vestales que, eufóricas, nos arrojan a los pies pétalos de rosa. Pero quien gana un certamen debe ser plenamente consciente de que su obra no ha sido la mejor, sino la que más ha gustado al jurado, asunto que, por cierto, tampoco es moco de pavo. Para empezar la mayoría de las veces hay que superar un jurado de preselección, que obviamente no tiene la solvencia del jurado definitivo, lo que trae consigo que por el camino se queden una serie de trabajos más que válidos. Las cosas son así y el concursante no puede cambiarlas, sino aceptarlas. Y, por amor de Dios, esto no significa que deba escribir pensando en los posibles gustos del jurado, error de consecuencias catastróficas. Uno siempre debe ser coherente con su estilo y, si me apuran, apostar por la originalidad como la mejor herramienta para hacerse un hueco. Después, a esperar que la suerte (sin duda la variable definitiva), te muestre esa sonrisa que solo merecen los vencedores.

Resulta curioso observar cómo cuando un escritor resume su currículum habitualmente subraya los certámenes que ha ganado o quedado finalista. Lo que nunca nos cuenta son los que ha perdido. Pues miren por dónde para mí esta es la característica que mejor define su trabajo, porque les puedo asegurar que por cada certamen que se gana, se pierden quince, y tal vez me quede corto. Quien fracasa y todavía sangrando por la herida vuelve a intentarlo, lo hace porque confía ciegamente en sus posibilidades, y en la literatura, al igual que en el resto de facetas de la vida, la tozudez bien entendida es un valor añadido.

 

 

Carlos Fernández Salinas cuenta con cerca de noventas galardones literarios, treinta y tantos de ellos primeros premios. Le resulta materialmente imposible cuantificar los que ha perdido. Su reciente novela «Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis», ha sido premiada en 2016 con el premio del prestigioso certamen de Narrativa de Viajes que patrocina el grupo Hotusa y publica RBA (Premio Eurostars Hotels).

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